
Marta Alejandre
La zaragozana Marta Alejandre inicia mañana el viaje para la conquista de sus siguientes ‘ochomiles’, ya que atacará el Gasherbrum I y, probablemente, el G-II.
Marta Alejandre dirige la vista al cielo. Esa mirada conjuga el respeto y la prudencia pero también el descaro de los que ya han logrado vencer a lo que algunos conocen como la “franja de la muerte”. Por encima de los 7.500 metros, la falta de avituallamiento para los pulmones hace que el cuerpo enloquezca, padezca delirios físicos rogando regresar unos pasos más abajo. “Es parte del reto. Te das cuenta de que se le llama así porque hay algo de cierto. Las condiciones empujan al cuerpo a pedir salir de ahí. Ser capaz de sobreponerte a ello es una experiencia muy fuerte que, para bien o para mal, engancha. Además, personalmente, fijarme objetivos tan exigentes me motiva sobremanera”, asegura esta zaragozana del Club Alpino Universitario que iniciará mañana la expedición para sumar el segundo ‘ochomil’ a su vitrina, tras la conquista del Dhaulagiri el pasado año.
Su nueva meta volante se sitúa al norte de Pakistán. En la cordillera del Karakorum, de 350 kilómetros de longitud, se esconden dos de los catorce techos de la geografía mundial. Dos cumbres hermanas, bautizadas como Gasherbrum I y II, más conocidas como el G-I (8.068 m.) y el G-II (8.032 m.). Alejandre, que se incrustará en un grupo liderado por el madrileño Carlos Soria, tiene licencia para atacar cualquiera de los picos, pero el primera de los dos es su objetivo prioritario: “Hemos sacado el permiso doble porque si todo sale muy bien intentaremos ascender la otra cima si nos quedan fuerzas. También, si la primera opción fuese muy mal intentaríamos trabajar la segunda”, explica.
Empezará a quemar etapas de la hoja de ruta esta misma semana. El primer destino será la capital paquistaní, Islamabad, donde está programado que aterricen el domingo con las primeras luces del día. Habitualmente para desplazarse hacia las latitudes superiores del país les esperarían dos maratonianas jornadas de conducción. Sin embargo, para “no exponerse mucho a las guerrillas”, tomarán una avioneta hasta Skardu a lo que habrá que sumar otro día montados en un jeep hasta Askole. “A partir de ahí, nos espera una semana larga de ‘trekking’ hasta llegar al campo base, donde esperamos estar a principios del mes de julio”, aclara.
Ese será el centro neurálgico de la expedición durante un mes. Es el tiempo que dicta el protocolo para un ‘ochomil’ pequeño. “En ese periodo haremos pequeñas incursiones para ayudar al cuerpo a aclimatarse y equipar el camino a la cumbre”, desgrana la himalayista.
El azote del clima y las sorpresas que aguardan en su interior, son las bazas que tiene el G-1 para resistir el pulso de la montañera aragonesa. Por eso, ella está convencida que tiene que conocer y estudiar a su hercúleo enemigo. Más allá del examen final que supone el ataque a la cumbre, Alejandre señala dos puntos clave en la subida: “Entre el campo base y el campo 1, hay un glaciar que, sin equipararse al del Everest, entraña muchas dificultades. Hay que atravesarlo de madrugada, para que el calor no afecte a la nieve o el hielo y el grupo tiene que ir encordado”, repasa. La segunda ecuación tiene nombre propio: ‘el corredor de los japoneses’. “Es un lugar donde el desnivel puede alcanzar incluso el 70 por ciento en algunas zonas y con resaltes de roca que hay que escalar”, analiza.
Todo eso hay que equiparlo “para cubrirse las espaldas”. Un arrebato de la meteorología representada en una furiosa ventisca o los achaques físicos pueden obligar en cualquier momento a una huida improvisada. El camino ya tiene que estar labrado con cuerdas fijas para facilitar el regreso. Preguntarle a Marta Alejandre por la traumática experiencia que sufrió una compañera del gremio, Edurne Pasaban, en el Kangchenjunga, no le genera ningún temor. “Los alpinistas lo vimos normal. Conocemos esas condiciones. Lo que le pasó a Edurne es que estaba escalando una montaña muy alta. No es lo mismo pedir al cuerpo que sufra durante ocho que durante veinte horas. Ella tenía gente que le ayudó cuando lo necesitaba y además, es una persona fortísima”, cuenta.
La esencia para superar este desafío, más allá que el arrojo y la resistencia, es saber paladear cada tramo del G-1. “Hay que saber disfrutar. Esa es la clave. Si puedo levantar la cabeza y ver durante tres segundos el paisaje me siento afortunada y el esfuerzo se hace menor. Sé que el día que no disfrute acabaré por detenerme”, concluye.
Vía Heraldo.es


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