
Cara norte del Eiger
Principios de los sesenta. España se encuentra en pleno franquismo. Poco a poco se remonta la pobreza del país. El deporte está muy atrasado y se practica fundamentalmente bajo el manto del régimen con la Sección Femenina y el Frente de Juventudes. Pocos son los escaladores que hay en el panorama nacional y los que suben por las paredes de los Picos de Europa o los Pirineos son considerados poco menos que unos marcianos. Aragón tiene el privilegio de contar con dos avanzados; eran Alberto Rabadá y Ernesto Navarro. Ambos competían con los alpinistas europeos con material menos sofisticado y una tradición sin consolidar.
Pero compensaban estas desventajas con su audacia, imaginación y una intuición fuera de lo normal. Su técnica y recursos eran impensables en su época. Eran los grandes adelantados del alpinismo de dificultad en España. En tan solo siete años realizaron un abrumador número de escaladas de dificultad. Tres fueron sus obras maestras: el espolón este del Gallinero, en Ordesa; el espolón sudeste del Fire, en Riglos; y la cara oeste del Naranjo de Bulnes.

Navarro, en el Eiger
Han pasado 46 años de aquella aventura en la que les apoyó un compañero a pie de pared. Era Luis Alcalde, que ahora tiene 82 años y tiene el recuerdo vivo en su cabeza de aquellos trágicos momentos. Alcalde tenía muchos puntos en común con sus amigos. Era ebanista, como ellos, y pertenecían a Montañeros de Aragón. Pero mientras los héroes del Eiger amaban la escalada, Alcalde prefería hacer montañismo. “No me gustaba perder el día acudiendo a Riglos. He hecho escalada tan sólo para conocer las técnicas. Me gustaba más la alta montaña”, indica Alcalde.
Hace muchos años que dejó el montañismo en activo Alcalde. Ahora se dedica a pasar el rato con sus amigos en el club los martes y jueves. “Hice montañismo hasta los 64 años, que es cuando subí mi último tresmil. Pero desde que me operaron de la cadera, ya no hago casi nada. Ahora he ordenado con Ricardo Arantegui la biblioteca del club”. Recuerda muy nítidamente la imagen de Rabadá. “Era muy majo, muy espontáneo, a veces demasiado. Su personalidad era fuera de lo común”, afirma Alcalde. Cuando acudieron los tres en el verano del 63, el Eiger ya tenía su leyenda negra. En aquella pared ya habían perecido 30 escaladores. “Ya sabía que era una pared peligrosa, siniestra, y que no lo tendrían fácil”. Tras un viaje en tren de dos días, la primera jornada durmieron en Grenoble y la segunda llegaron en un tren cremallera a Klein Scheidegg, un núcleo de hoteles a 2.054 metros de altitud a pie de pared. “No conocíamos los Alpes y cuando contemplamos el Eiger, fue una visión imponente”.
Rabadá y Navarro realizaron tres ataques previos a la pared. En la cuarto encontraron la muerte. Su última acometida fue casi como un suidicio para Alcalde. “Hablamos de dejar la pared y conocer a la vuelta París. Llevaban doce días de probatinas, de subir, bajar y con esa experiencia podrían haber corregido los fallos para otra ocasión”, afirma.
De manera súbita llegó el mal tiempo al Eiger. Rabadá y Navarro quedaron atrapados en el lugar denominado como La Araña, a 300 metros de la cumbre. “Con los prismáticos veía la escalada de los aragoneses. Murieron por agotamiento. Se les echó el mal tiempo. Iban escasos de alimentación y con ropa poco adecuada. Si no les hubiera hecho mal tiempo, podrían haberse salvado”, explica.


1 usuario ha comentado en " El tercero de la cordada "
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