Si hasta ahora era bastante frecuente que los guías tuviéramos que hacer gala de todos nuestros recursos técnicos, tanto en las montañas como en lo laboral para conseguir llegar a fin de mes, en estos días de escasez económica la batalla mensual se vuelve extrema.

Afortunadamente, somos un colectivo testarudo porque, de lo contrario, ya estaríamos a punto de ser catalogados como especie en peligro de extinción. Debe haber muy pocos profesionales en nuestro país que ejerzan un trabajo con un grado de responsabilidad tan elevado, que requiera una formación y experiencia tan amplias y que este tan poco recompensado. Los resultados de la encuesta socio-laboral realizada por la Asociación Española de Guías de Montaña (AEGM) durante el 2008, cuando la crisis apretaba pero no ahogaba, revelan que la nuestra es una de las profesiones con mayor inestabilidad y que solo un 50% de los guías tenemos como principal fuente de ingresos este trabajo. Dos apuntes que, unidos al intrusismo y a la falta de reconocimiento social, nos muestran un panorama no demasiado alentador para las futuras generaciones de guías.

En estos meses debe haber muchos compañeros que se levanten de madrugada y cojan sus mochilas para salir al monte a trabajar mientras se preguntan ¿por que sigo haciendo este trabajo?. No hay una explicación práctica, lo económico no es suficiente justificación. Probablemente sería mucho mas fácil cambiar de empleo y tratar de buscar una profesión más estable y mejor remunerada. Al final, la respuesta siempre es la misma: dónde voy a estar mejor que en las montañas. Esto mismo me dijeron mis abuelos el dia que cumplí uno de mis mayores sueños; llevarles hasta los Barrerones, el mirador desde el que se ve todo el Circo de Gredos. Ellos nunca habían comprendido esta pasión por mi trabajo de guía y por las montanas, siempre intentaban convencerme de que recobrase mi otra profesión como maestro de educacion física. Sin embargo, al llegar a los Barrerones, levantaron la cabeza para recuperarse del esfuerzo y disfrutar del paisaje y la expresión de su rostro cambió completamente. El gesto crispado por el cansancio dejó paso a la sonrisa, la relajación y el asombro. Probablemente, no acababan de entender lo que estaban viendo pero, aun así, embriagados por tanta belleza, sus palabras fueron: “la verdad hijo, estás mejor aquí que en cualquier otro sitio”.

Estas sensaciones no son nuevas, es muy probable que Saussure ante el Mont Blanc o Whymper ante el Cervino sintiesen una admiración similar, y estoy seguro de que muchos de mis compañeros han podido disfrutar de momentos como este junto a sus clientes. Son emociones que mantienen viva nuestra ilusión y el absoluto convencimiento de que, a pesar de todas las dificultades, tenemos la suerte de desempeñar uno de los últimos trabajos románticos en el que, en la mayoría de las ocasiones, pesan más los sentimientos que el dinero.

Raúl Lora del Cerro
Guía de alta montaña
Técnico deportivo superior de alta montaña
Miembro de la AEGM nº 380.

Este artículo apareció en el número de julio de 2009 de la revista Desnivel

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